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La puerta propia

  • María Florencia Vazquez
  • 21 jul
  • 4 Min. de lectura

Una de mis películas preferidas es “The Truman show”. La película vislumbra una vida aparentemente “ideal” que otros habían construido para Truman, con una esposa, una linda casa, un trabajo estable y una rutina sin mayores sobresaltos en una ciudad de ensueño. Sin embargo, el personaje se muestra permanentemente en conflicto entre su deseo genuino y lo que debería ser, lo que se espera de él. Sus ganas de explorar el mundo más allá de los límites de su ciudad, ser espontáneo vs. sentar cabeza, tener un hijo, y no salirse del camino preestablecido. Es palpable la presión por sostener una imagen siempre sonriente, incluso, para alguien tan cercano como su esposa y su madre, quienes, con mensajes como “el mundo puede ser peligroso”, intentan mantener a Truman en el camino preestablecido. 


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Hay dos escenas que considero las mejores de la película (spoiler alert): una de ellas es la caída de un enorme reflector de lo que parecía ser “el cielo” en la vida de Truman, y la otra, casi al final de la película, cuando Truman se encuentra subiendo la escalera pegada a lo que toda su vida había sido el horizonte. Al final de la escalera, una puerta, y con ella, la posibilidad de empezar de nuevo: de descubrir quién era más allá de lo que le habían hecho creer quienes armaron su mundo y su identidad. 


A pesar del miedo a dejar atrás todo lo conocido, Truman decide ser fiel a su deseo y cruzar la puerta, y es en ese acto de valentía que se elige a sí mismo por encima de lo impuesto.


¿Alguna vez te encontraste transitando un camino que no se sentía del todo propio?  


La primera vez que leí la palabra “Mandatos” me atravesó. Fue en una revista de actualidad llamada “Sophia” durante un reportaje a una psicóloga. 


Por aquel entonces la vida se presentaba ante mí como una colección de pasos, que no me había cuestionado mucho. Una serie de ticks a colocar en una larga lista de cosas que parecía tenías que tener para ser una adulta. 


Mi mente inquieta, sin embargo, recorría la sección de autoayuda en las librerías de Buenos Aires, con la sensación de que eso no podía ser todo. Y si era todo, ¿por qué yo me sentía tan vacía a pesar de ir coleccionando esos ticks?


La nota decía algo así:  “Los mandatos son creencias o normas internalizadas que nos dicen cómo deberíamos ser, actuar o sentir”. Son estructuras invisibles que aprendimos a obedecer antes de cuestionar. Como ser hija, madre, esposa, como ser. 

Un libreto que otros escribieron para nosotros y ejecutamos sin cuestionamientos. 


Un día, algo empieza a no sentirse tan a gusto, tan inocente, tan auténtico como antes. Algo irrumpe con la fuerza necesaria para quebrar la inercia con la que veníamos viviendo.Una emoción incómoda, un libro, una frase, la escena de una película…Algo cambia.


Y lo que antes parecía tener sentido, ahora no tanto. La forma en que veníamos haciendo, y sobre todo, siendo, empieza a pesar. Se siente como una traición a nuestra verdad, esa que aún no podemos nombrar pero tiene presencia.


Se abre entonces la posibilidad (y necesidad) de cuestionar, de reescribir el libreto no ya desde las voces prestadas sino desde la propia. Una invitación a responder la pregunta: ¿es esta la forma en que quiero habitar el mundo? ¿Esto tiene que ver conmigo?


Recuerdo hace algunos años, una sesión con una paciente en la que ella relataba muy agobiada y en forma de queja,  los pormenores de su carrera universitaria, los consejos de su padre para “triunfar” y lo que él quería para su futuro. Lo  tedioso de asistir a las reuniones familiares de los fines de semana donde sus hermanas se deleitaban hablando de sus fantásticas vidas de casada y lo que querían para ella, soltera y transitando sus veintipico.  Recuerdo que la sensación al escucharla era que quedaba sumergida en ese mar de voces externas que parecían tener la receta de como la vida debía ser vivida. 


La escuché durante una gran parte de la sesión, mientras ella, convencida de que el mundo era injusto y hostil, vociferaba contra todos, sintiendo una gran impotencia por no poder “cumplir”, por no alcanzar lo que para otros, era el camino ideal para ella. 


Cuando terminó, le hice una pregunta, que sin saber en aquel momento, sería su bisagra en su vida. No fue algo planeado, fue una pregunta simple, que se desprendió de una escucha empática, casi curiosa.  Le pregunté “¿Y vos, que querés?.  De repente, un silencio invadió el consultorio y su verborragia se detuvo. No parecía una pregunta difícil, sin embargo, responderla, significaba reemplazar la inmediatez de una identidad prestada por otras voces para adentrarse en el lento camino del autodescubrimiento. Abrir una puerta a una dimensión quizás desconocida hasta ese momento. La propia. 


Nos volvimos a ver en unas semanas y su cara ya era otra. Estaba alegre. Abrió la sesión diciendo: “Tengo algo que contarte. La última sesión que me preguntaste que quería yo, me di cuenta de que nunca me lo había preguntado. Al principio me angustié por no saber pero me di cuenta de que nada de lo que estaba haciendo tenía que ver conmigo. Y ese fue el principio. Dejé la carrera de Administración de Empresas y me anoté en Arquitectura, algo que de chiquita siempre había querido hacer. Me acordé de mis dibujos, de mi fascinación por los edificios…”


Se me llenaron los ojos de lágrimas y la abracé. No era fácil tener el coraje de desandar un camino de años para centrarse en el propio. Sin respuestas, sin la seguridad de la huella que otros dejaron  y por la cual transitar, pero con la absoluta seguridad de que es totalmente nuestro. 

A veces me sorprendo pensando en esta paradoja de la vida: nacemos libres, sabiendo jugar… y pasamos gran parte del camino trabajando para volver a encontrarnos.

Hay verdades inevitables, que no se pueden silenciar por mucho tiempo. Se agrandan, ocupan espacio, hasta que no nos dejan respirar. Urgen por salir.


¿Qué parte de tu vida está pidiendo a gritos ser escrita con tu propia voz? Y si tuvieras el coraje de ser completamente fiel a tu deseo… ¿Qué puerta te animarías a cruzar?

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The Wild Flower by María Florencia Vázquez

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